
A todas mis adoradas. Adictas al carpe diem, sedientas de emociones fuertes y todo aquel vicio confesable (o inconfesable). Seducidas por la erótica del poder y la fama. Alérgicas a la estabilidad, tendentes al fracaso sentimental, complicadas, volátiles y, en definitiva, altamente peligrosas. Atractivos demonios con cara de ángeles, divas presumidas, egoístas y vanidosas. Dotadas de una profunda mirada de corto alcance.
Os perdéis en la obsesiva búsqueda de esa felicidad que alguna vez habéis rozado con la yema de los dedos. La mayor parte del tiempo desorientadas, vacías y desgraciadas.
Esclavas de vuestros delirios de grandeza, muertas antes que sencillas, yeppies aventureras, libres, liberales, populares pero, en el fondo, completamente solas. ¿resistiréis persiguiendo una fantasía que no existe más que en vuestra mente repleta de sueños, incapaces de digerir la mediocridad? o, por contra, ¿sucumbiréis al convertiros en aquello que siempre habéis odiado, de lo que siempre habéis huído desesperadamente, aquello a lo que otras antes que vosotras se sometieron? un destino vulgar, de obscena sencillez. Una fría prisión de rutina y normalidad.
Tiranos sentimientos, se dice que aún queda algo de eso en vuestro interior, que esa es vuestra mayor lacra, que en el fondo todavía seguís siendo humanas, débiles y vulnerables. ¿Seréis capaces de tener la frialdad de escapar de su cruel yugo y realizar lo que buscáis? ¿de no renunciar a la independencia en favor de esa devastadora y traicionera droga llamada "compañía"? Tranquilas, yo estaré con vosotras en este duro trance. Eso sí, mejor a una distancia prudencial, no quiero ser un daño colateral de vuestro destructivo trastorno. O quizá ya es tarde y estoy contagiado por el mismo virus que vosotras. Nos parecemos tanto…

